A los demás les va mejor

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Había momentos en mi vida en que me comparaba con compañeros de la licenciatura, amigas de mi edad, familiares, conocidos, en fin siempre encontraba que a todos les iba mejor que a mí.

Aunque reconocía mis virtudes, tenía un sentimiento de que por más que me esforzara, las cosas no cambiarían. No tenía tiempo para analizar mi situación y comprender que la vida de cada persona se rige de diferentes maneras y que tenemos distintos talentos y manera de desarrollarlos.

Veía la paja en el ojo ajeno y no veía la viga que había en el propio.

Sé que no soy la única que se ha sentido así, posiblemente estés sufriendo por algún momento similar. Comparto esta historia que habla de las diferencias y de reconocer nuestro propósito en la vida.

Había una vez, algún lugar que podría ser cualquier lugar, y en un tiempo que podría ser cualquier tiempo, un hermoso jardín, con manzanos, naranjos, perales y bellísimos rosales, todos ellos felices y realizados.

Todos vivían alegres en el jardín, excepto un árbol que estaba profundamente triste. El pobre tenía un problema existencial: “No sabía quién era.”

-Lo que te falta es concentración -le decía el manzano- si realmente lo intentas, podrás tener sabrosas manzanas.   “¿Ves qué fácil es?”

-No lo escuches, exigía el rosal. Es más sencillo tener rosas y “¿Ves qué bellas son?”

Y el árbol desesperado, intentaba todo lo que le sugerían, y como no lograba ser como los demás, se sentía cada vez más frustrado.

Un día llegó hasta el jardín el búho, la más sabia de las aves, y al ver la desesperación del árbol, exclamó: 

-No te preocupes, tu problema no es tan grave, es el mismo de muchísimos seres sobre la Tierra. Yo te daré la solución: “No dediques tu vida a ser como los demás quieran que seas…Sé tu mismo, conócete, y para lograrlo, escucha tu voz interior.”

Y dicho esto, el búho desapareció.

“¿Mi voz interior…? ¿Ser yo mismo…?   ¿Conocerme…?”

Se preguntaba el árbol tratando de comprender las palabras del búho, cuando de pronto, comprendió…
Y cerrando los ojos y los oídos, abrió el corazón, y por fin pudo escuchar su voz interior diciéndole:

 

“Tú jamás darás manzanas porque no eres un manzano, ni florecerás cada primavera porque no eres un rosal. Eres un roble, y tu destino es crecer grande y majestuoso. Dar cobijo a las aves, sombra a los viajeros, belleza al paisaje. Tu grandeza y fortaleza serán inspiración para todos los que te vean. Tienes una misión: Cúmplela”.

Y el árbol se sintió fuerte y seguro de sí mismo y se dispuso a ser todo aquello para lo cual estaba destinado. Así, pronto llenó su espacio y fue admirado y respetado por todos.

 

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